El verano agrícola en Zorita de la Frontera en los años 1950-60  
 
 

Dr. David Rodero Rodero. Médico Cirujano.

El verano era los meses de Julio y Agosto, cuando comenzaba la siega,  los segadores, procedían mayoritariamente de Galicia, concretamente de las provincias de Lugo y Orense, y todos los años formaban las mismas o parecidas cuadrillas de los años anteriores y en las mismas casas de los agricultores.


El número de la cuadrilla era proporcional a la extensión global de las fincas,  en casa de los abuelos había un mayoral con tres segadores y un atador, que era el más joven y dedicado también al trasporte del suministro de la cuadrilla.


La siega se realizaba con la hoz, con una hoja cortante y afilada en la parte cóncava,  llevando la protección de los dediles de cuero en la otra mano, en los dedos:  medio, corazón  y anular, dejando libres el índice y el pulgar para coger con más facilidad las  gavillas de la mieses  que una vez cortada se  colocaba en el cerro, en la  dirección  contraria del compañero  que le seguía, después se juntaba las gavillas y formado el haz, atado con la cuerda y haciendo  un nudo especial, que se desataba nada mas tirar.


Finalizada  la siega, quedaban  los haces ordenados en calles de la parcela, que se cargaban en el carro agrícola,  con un orden estandarizado para  colocar el mayor número de haces en cada trasporte. Una persona estaba subido en el carro y el segundo que se llamaba  el hacero aportaba los haces manejando una horca metálica con cuatro dientes y  un mango de madera de dos metros de longitud aproximadamente.


Primero colocaba los haces en cada uno  de los cuatro  estacones del carro,  dos o tres en los laterales y el mismo número en las partes anterior y posterior, quedando un espacio reducido en el centro, que era cerrado con otro u otros. De esta manera se formaba una planta o vuelta  de haces, que al final  podía tener hasta diez o doce   que a medida que se ascendía tenía menos superficie, finalizando en lo más alto con la colocación de solo uno o dos haces, el resultado era una figura   circular en los  laterales y plana en la parte anterior y posterior y una  altura que podía llegar a los cuatro metros.


La carga debía estar distribuida adecuadamente entre la parte delantera y la trasera, si estaba anterior los animales soportaban sobrepeso y si estaba trasera el carro podía empinarse durante el camino de regreso.  Para poder bajar, se lanzaban  dos maromas, por una bajaba la persona que había colocado los haces y a continuación desde el suelo se tensaban y sujetaban las mieses al carro con las dos maromas, en posición   anterior y  posterior. El carro   se llevaba a la era, para descargarle y  desatándose los haces, las  mieses  se extendían, formando la parva, manejando las horcas de madera de dos  dientes.


En el último de los acarreos de la mañana, regresábamos sentados en las mulas  en la de la izquierda uno de mis tíos en  el aceruelo, que era una albardilla pequeña,   y en la derecha el ayudante, que en esta ocasión era yo, sentado en los lomos de la mula sobre una manta.


Cuando finalizaba el acarreo, el último carro, llevaba un distintivo en lo alto, en unos casos una bandera española, y otras un muñeco fabricado con pajas, el acto se llamaba poner la bandera. Eran signos externos de la finalización de la faena en las tierras donde habíamos recogido  la cosecha y  de agradecimiento, por haber concluido el trabajo sin incidentes.


Antes de la hora del inicio de la trilla, regresábamos para el almuerzo el menú de las sopas de ajo, de rebanadas finas de pan blanco,  en una tazón de barro, empapadas en liquido de agua, ajo, pimentón y aceite y el secreto  estaba en que cocían un buen rato en el calor de la lumbre de paja, hasta  que el liquido  desaparecía y solo quedaba el pan formando una masa semisólida,  de un sabor que aún recuerdo como exquisito, las sopas de ajo siempre iban acompañadas  de un segundo plato que era un huevo frito.


Iniciábamos la trilla en la parva , pasadas las doce de mediodía,  con dos o tres  trillos, tirados por dos parejas de mulas y una de bueyes, con una persona subida de pie o sentado en cada trillo, manejando los tirantes colocados en los animales para dirigirles, que unidos por el yugo tiraban del timón  enganchado en la lengüeta del trillo. La trilla  no requería gran esfuerzo físico, pero era  una actividad no exenta de dureza, por tener que soportar y aguantar  varias horas  en los momentos de más calor del día.


A la parva se la daba la vuelta cada cierto tiempo, para que  las pajas que no habían sido cortadas, quedaran en la parte superior, esta actividad se llamaba tornar y se hacía con horcas de madera de dos pinchos en las primeras horas de la trilla y más tarde con horcas de cuatro pichos cuando la parva estaba quebrantada y reducida a polvo.


Al final de cada jornada de trilla las mieses se habían reducido a una  mezcla de  paja y  grano, que había que recoger con  una cañiza o rastro, formando un montón en un espacio de la era, que aumentaría hasta un determinado tamaño con la recogida de la parva del día o de los días  siguientes, así  formábamos los montones.


El trillo estaba formado por tres o cuatro tablones, que formaban un tablero rectangular, con un  metro ochenta de largo y un metro treinta de ancho, levantado en la parte anterior en forma de lengüeta, que facilitaba el deslizamiento por la parva. La cara inferior estaba cubierta de piedra de cuarzo o pedernal, cortadas y formando finas aristas cortantes. El trillo solía llevar en la parte posterior unos ganchos que se llamaban tornaderas y que tenían la función de mover  para sacar a la superficie la mieses, que se quedaban en el fondo de la parva.


Algunas porciones de las mieses, se acumulaban en las hacinas, que aumentaban de tamaño, cuando después de acarreadas había una demora importante en la trilla, finalizada la misma se iniciaba el aventar  los montones de la trilla que    llamábamos limpiar, lanzando al viento el contenido por medio de un bieldo formado de una pala con seis dientes en ángulo obtuso, y de madera ligera para un mejor manejo.


Cuando no teníamos viento, la limpieza la realizaba la máquina aventadora, con  un sistema de aspas que al moverse manualmente con   manivela, impulsaban el aire en las cribas y que accionadas, seleccionaban  el contenido de los montones, saliendo el grano por la parte delantera y la paja por detrás.


A medida que el grano salía en la parte anterior, había que retirarlo con una pala formada de una tabla o plancha rectangular o redonda y con un mango, el grano se acumulaba separado de la aventadora, formaba los muelos de grano que salía mezclado con elementos pesados, como piedras, tierra, cantos  y que antes de ser introducido en los costales (saco pequeño y largo  que se podía cargar a las espaldas), se debían  cribar para dejarle completamente limpio y listo para el transporte a las paneras, donde pasaría unos meses, pendiente de que el precio de la  venta fuera acorde con el esfuerzo realizado.


Los costales se llenaban con la media fanega, que tenía una lengüeta para  facilitar la introducción del grano  en el costal, con cuatro medidas se llenaban y se cerraban con una cuerda,  la faena de carga la realizaban dos personas, que cogiendo sus manos contrarias las adaptaban a la parte media del costal y  las otras dos en los laterales del fondo, les permitía con cierta facilidad subirlos al carro donde eran recogidos por la persona, que los colocaba  hasta llenarle.


El paso siguiente era el trasporte a las paneras, situadas una  junto a la casa y la otra  enfrente, los costales se cargaban al hombro y se vaciaban a la entrada, habiendo una persona que con una pala de madera tenía que trasportar este contenido,  lanzando las paletadas a la parte superior del atroje, que cuando estaba lleno formaba  un plano inclinado.


El trasporte de la paja de la era, que llamábamos peces por su forma alargada  era el siguiente acto después de guardar el grano, se necesitaba  realizar algunas modificaciones en los carros, para aumentar la capacidad, se colocaban dos tableros de un metro de altura y de la misma longitud del carro, en los laterales y dos redes en la parte anterior y posterior, incluso cuando se iba llenando de paja una persona pisaba en el interior para prensándola aumentar su capacidad. Se empleaban en esta actividad los garios, parecidos a los bieldos pero  más pesados,  aunque de gran  efectividad por su capacidad de llenado.


Cuando el carro llegaba al pajar vaciaba el contenido aflojando la red posterior y depositando el contenido  junto al bocín, que era un orificio de cincuenta por cincuenta centímetros aproximadamente, abierto  en la parte superior de la pared , una persona con el gario introducía la paja que se depositaba dentro, como  el fondo del pajar estaba a varios metros del bocín,  era necesario que otra persona que se llamaba desembocinador en el interior fuera lanzando la paja al extremo opuesto, aún recuerdo lo duro y nada agradable que resultaba estar dentro  recibiendo las andanadas de polvo que se originaba al introducir la paja, la situación era irrespirable,  otra de las situaciones del trabajo que los agricultores de entonces soportaban con el mayor estoicismo del mundo.


Las mujeres no participaban en las labores del verano, su actividad y muy importante estaba en cocinar para el número de personas que durante los dos meses del verano, nos reuníamos en la casa de los abuelos. La cocinera era la abuela, controlaba y hacia las comidas para todos, ayudada por mi madre y sus dos hermanas.


Entonces las familias de los pueblos de castilla eran autosuficientes, la matanza de los cerdos, los huevos de las gallinas, los tostones de las cerdas de cría, las aves del corral, los conejos, los pichones de las palomas, la lecha de las vacas, o de las cabras, todo esto hacia que con solo darse una vuelta por la despensa de la cocina, se tuviera la tranquilidad que todos los días comeríamos.


Un capítulo gastronómico importante  era la preparación de las comidas para  los segadores, el desayuno era una copa o dos de aguardiente a veces mojado en un pedazo de pan, a mediodía  era el cocido con la sopa, los garbanzos y las viandas, (chorizo y tocino) y algo muy importante el vino, que era la energía que les mantenía y les hacia trabajar en las jornadas interminables de la siega bajo el sol de castilla. La abuela tenía unos botijos redondos que parecían balones de balonmano, de barro  y de color rojo, con el pitorro de llenado y a los lados  dos orejas perforado con un cordel que le hacía manejable, cada segador tenía uno, y la capacidad podía ser de trescientos o cuatrocientos centímetros cúbicos, lo que no recuerdo el número de recipientes que consumían cada día.


El rapaz que era el de menor edad de la cuadrilla, venía del campo a mediodía montado en un burro, que era el más fiel  acompañante durante toda la siega, transportaba todos los enseres de los segadores en los cambios de tajos. En los senos de las aguaderas, la abuela  colocaba la comida, en un puchero  de barro la sopa y en otro los garbanzos con la verdura y la vianda y lo que no podía faltar eran los barriles del vino. Los pucheros tenían unos tapones de corcho ajustados a la abertura, que  evitaba a pesar del traqueteo  que se vertiera el contenido.


Barriles utilizados para el vino en las labores veraniegas


Nosotros comíamos lo mismo a mediodía, siempre cocido, la diferencia estaba en la vianda que además de chorizo, tocino, siempre había relleno y carne, alguna diferencia deberíamos tener en nuestro menú comparativamente con el de los segadores, era en este momento la reunión familiar en la mesa de la cocida del verano, situada junto al tenadón y con la puerta en el corral que repleto de estiércol de los animales, a nadie se le escapa que era un criadero de moscas que lo llenaban todo, incluida la cocina, aún recuerdo las tiras del pegamento anti moscas  colgadas del techo y llenas de insectos a rebosar, pero a cada uno de los que estábamos  todas las mediodías allí reunidos, los abuelos, los seis tíos, y yo y a veces mi padre poco a nada nos importaba lo que acabo de describir, el cocido de la abuela estaba riquísimo, y más después de una mañana agotadora de trabajo .


Durante la recolección veraniega, los Domingos no eran fiestas de  guardar, era importante el recoger los cereales antes de que una tormenta de granizo se llevara parte del fruto, tan esperado durante todo el año,  pero si debíamos cumplir con la obligación de la misa, que era a las doce de mediodía, después de tres toques de repiqueteo de la campana y finalizados con la llamada campanada, que indicaba que  la misa estaba a punto de comenzar.


Las mujeres se colocaban en la mitad anterior de la Iglesia, llevando los reclinatorios, entonces no había bancos en esta parte, y los hombres con las ropas del trabajo,  se colocaban en los bancos posteriores, debajo del coro y delante de la pila bautismal. El frescor de la Iglesia, en trabajadores cansados y sudorosos hacia efecto balsámico de descanso y mientras Don Arturo decía la misa en latín y de espaldas a los fieles y el sacristán que se llamaba Secundino tocaba el órgano en el coro y cantaba la letanía, en las primeras de cambio el sueño había hecho mella en los asistentes, despertándose cuando oía  el ite missa est, este rato de descanso creo que estaba  bendecido por San Miguel Arcángel, desde la peana del altar a la derecha donde estaba colocado y de donde bajaba el  29 de Septiembre, para recorrer las calles del pueblo en procesión.


Había tres días festivos en el verano: 29 de Junio, San Pedro; 25 de Julio, Santiago, que era el patrón de España y la fiesta mayor  y el  15 de Agosto, La Virgen. El pueblo cambiaba de aspecto,  a los habitantes del pueblo se unía la comunidad de  los segadores, después de la misa mayor, en los bares, se tomaba el aperitivo antes de la comida de mediodía, que era especial en todas las familias del pueblo, el mejor gallo del corral estaba destinado para servirse en la mesa, incluso los segadores tenían un menú especial, la siesta era de larga duración y cuando llegada el final de la tarde había en el juego de pelota alguna competición entre los mejores pelotaris del pueblo, y el acto social más importante por numeroso era el paseo de los jóvenes de ambos sexos y también los matrimonios con los niños por la calzada del puebla llegando por el camino de Palacios Rubios hasta el pinar de Decoroso.


El pinar de Decoroso con los pocos árboles del río que todavía quedan al fondo


Al final de la tarde, algún que otro altercado  se producía en los bares, cuando la concentración de alcohol   superaba los límites de la cordura, y casi siempre era entre   segadores  y nativos, afortunadamente siempre hay uno o varios mediadores que apaciguan los ánimos y todo termina  tomando una ronda mas.


En el pueblo entonces había tres bares, uno en el Juego de Pelota, de Pablo el Mono, otro en la calzada, frente a la casa de los abuelos de  Ángel El Tabernero y el tercero cerca del salón de baile de Rafael el Tendero.


El del juego de pelota, estaba en la casa de Pablo, a la entrada había un habitáculo con sillas y una barra  y las estanterías de las bebidas, entonces: vino, cerveza y gaseosa, y como  bebidas más fuertes el coñac y anís, entonces no había whisky. Además del dueño del  bar era el encargado del Frontón, que estaba y está  cerca del Ayuntamiento, también fabricaba manualmente las pelotas que se necesitaban para  jugar en el frontón.


En el juego participaban dos equipos formados por dos o tres pelotaris y había el apuntador con  la raqueta, que era una tabla   perforada a lo largo en toda su extensión, y con  dos punzones de madera,  apuntaba el tanto que ganaba cada equipo, hasta que uno llegaba  al total  de puntos concertados previamente, finalizando entonces el partido.


El de Ángel, por su situación en la calzada era visitado por jóvenes, durante los paseos  por la Calzada, tenía un herrmoso salón pasando la puerta de entrada, con mesas y sillas, para  poder echar las partidas de dominó o de cartas, el mus era el juego preferido, o pasar un rato de tertulia con los amigos tomando unos vinos,  las mujeres no era muy frecuente verlas en estos locales.


El de Rafael, era el más cutre de los tres, pero tenía la clientela de mas poder adquisitivo del pueblo, los llamados señoritos,  a la entrada había una habitación de reducidas dimensiones y enfrente la barra de poco más de un metro de longitud, y curiosamente el lugar más distinguido era la cocina de la casa, podíamos estar tomando unos vinos al lado de  Cleta (la mujer de Rafael) que estaba atizando los pucheros de la comida, pero el trato era familiar y siempre estábamos a gusto.


Recuerdo que el matrimonio tenía cinco hijos, el que hacía el número tres, que se llamaba Ángel  tuvo una infección del hueso de la tibia, se pasaba temporadas ingresado en  el  Hospital Clínico en Salamanca, cuando yo era alumno interno de cirugía, y le tenía como paciente, con gran alegría por su parte, podía presumir que un cirujano de su pueblo estuviera interesado por él y su enfermedad.


Este era el verano en Zorita de la Frontera municipio de la comarca de la Tierra de Peñaranda, en la provincia de Salamanca, en la década de los años 1950-60, cuando tenía 859 habitantes como censo fijo, superando esta población en el verano por la llegada de los temporeros para la recolección de la cosecha.


La mecanización del campo, después de la concentración parcelaria, en una sociedad agraria pobre, encontró una salida en  la emigración de los años sesenta. Zorita tiene actualmente 210 habitantes, con distribución equitativa  al cincuenta por cientos entre hombres y  mujeres.


Han desaparecido los veranos de mi juventud: Los segadores, el acarreo con los carros cargados de mieses, la trilla en las eras, y también  los  pocos días festivos del verano, con los paseos al atardecer por la Calzada del pueblo hasta el pinar del camino de Palacios, pasando por el caño del agua, los partidos de pelota en el frontón, y nuestros primeros episodios amorosos  de la juventud, que allí  se quedaron y que no han vuelto nunca.

 

 

 
 
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